FEBRERO 2013
Jueves 14 / Viernes 15
Michal Nesterowicz, Director
José M. González Monteagudo, Oboe
Carmen Suite *
RODION SHCHEDRIN
Concierto para oboe y orquesta, en Re mayor
RICHARD STRAUSS
Sinfonía en Do mayor
GEORGES BIZET
* Primera vez por la ROSS
Tarifa A
P.V.P: Patio: 32.00 € · Balcón: 30.00 € · Terraza: 25.00 € · Paraíso: 21.00 €
COINCIDENCIAS Y OTROS AZAHARES
Inesperados encuentros y desencuentros son los que dan vida al séptimo programa de abono de la presente temporada. De todos ellos, el relacionado con la Sinfonía de Bizet es quizás el más notable. Por él comenzaremos.
Georges Bizet nació en París el 25 de octubre de 1838. El dato de su fecha de nacimiento puede parecer poco trascendente, pero toma mayor relevancia cuando descubrimos que su Sinfonía en Do mayor fue escrita entre octubre y noviembre de 1855, contando el compositor con sólo diecisiete años. La obra es el resultado de un trabajo de corte fundamentalmente académico que muestra el conocimiento técnico y del repertorio de un alumno muy avanzado. Podemos ver, de forma general, cómo el planteamiento de la orquestación, la forma, los juegos rítmicos y los enlaces armónicos resultan inmensamente correctos, rozando lo convencional, como sería la obra de un compositor muy dotado pero aún en periodo de formación. Aunque no todo está por hacer: en su calidad inventando melodías es donde manifiestamente encontramos al incipiente genio de la composición.
El primer movimiento nos hace sentir muy de cerca el lenguaje de Haydn e incluso, por el tipo de melodía arpegiada que domina casi la totalidad del movimiento, vemos cómo subyacen compositores del preclasicismo y primer clasicismo vienés, todo ello situado sobre una muy asentada forma sonata, estructura tradicional en los primeros movimientos de las sinfonías. El segundo movimiento es una Canzona que puede recordar a los ambientes propios de Mendelssohn, en la que no falta un pasaje fugado representativo del dominio del compositor en el terreno del contrapunto severo. Es aquí donde Bizet muestra uno de sus primeros gestos de genialidad: la maravillosa melodía inicial que interpreta el oboe y que lleva latentes muchos de los pasajes por los que se hará mundialmente famoso en sus obras posteriores. El tercer movimiento es un Scherzo que sigue el modelo instaurado por Beethoven scherzo – trío – scherzo, en un tono divertido y ligero con fuertes influencias de las sinfonías de Beethoven: el scherzo de la Séptima sinfonía o pasajes de la Sinfonía pastoral. Por último, el cuarto movimiento sigue planteamientos que también podremos encontrar en Mendelssohn, con tres temas de los que el primero tiene un recurrente estilo de toccata, con sus notas rápidas sin descanso, contrastando con los otros dos más cantábiles, de nuevo organizados en una tradicional forma sonata, también característica de los últimos movimientos en el repertorio clásico.
Definitivamente, se muestra el genio del compositor en las melodías de esta obra, siendo ellas las que hacen que merezca mantener su lugar en el repertorio por derecho propio, y es que hubo un tiempo en el que no lo tuvo. Bizet, que vivió entre 1838 y 1875, nunca estrenó esta partitura y fue sólo en 1935, fecha en la que casi por azar la obra llega a la Biblioteca del Conservatorio de París, cuando se redescubrió y se presentó al público. El compositor se caracterizó siempre por ser un artista muy exigente consigo mismo, siendo el propio juicio que le merecía su obra el que le llevó a no interpretarla. Por suerte hoy podemos disfrutar de esta bella música y librar a Bizet de su error.
El siguiente encuentro inesperado es el que lleva a la composición del Concierto para oboe y pequeña orquesta en Re mayor, de Richard Strauss (1864-1949). El autor alemán tuvo que superar inmensas vicisitudes en su vida de creador antes de que se dieran las circunstancias propicias para el surgimiento de esta partitura. Strauss, después de una larga vida dedicada a la composición y la dirección y tras haber sido el referente del último romanticismo con sus poemas sinfónicos de finales del XIX y el buque insignia del expresionismo modernista con sus óperas Salomé y Electra a principios del siglo XX, será a mediados de ese mismo siglo el primer compositor importante en huir del proceso de deshumanización del arte, en palabras de Ortega y Gasset, regresando a modelos de expresión próximos al hombre, próximos a sus emociones, como atestiguan entre otros los Cuatro últimos lieder y la partitura aquí comentada.
El concierto para oboe fue terminado en Baden, durante su exilio suizo de posguerra, el 25 de octubre de 1945. Surge el encargo de la fortuita coincidencia del autor con John de Lancy, oboe de la americana Orquesta Sinfónica de Pittsburg, entonces movilizado en Garmidch, localidad alemana al sur de Baviera. Posee cuatro movimientos ordenados según los cánones clásicos, en ellos se reconoce el estilo de la Metamorfosis para cuerdas, escrita ese mismo año, de los Cuatro últimos lieder, anteriormente citados y la influencia de los compositores del período clásico, como acertadamente apunta Ernst Krause: “Mozart no llega a estar mucho tiempo ausente”.
Por último, la obra más reciente del programa, Carmen Suite, del compositor ruso Rodion Shchedrin (1932), es un ballet en un acto escrito en 1967 basado en un libreto de Alberto Alonso desarrollado a partir de una idea de la bailarina Maya Plisetskaya, que ofreció el proyecto a Schostakovich y Khachaturian antes de darse cuenta de que el compositor que necesitaba estaba en su casa: su marido, Rodion Shchedrin. El punto de partida, con un título así, es obviamente la música de la ópera Carmen, de Georges Bizet, aunque con la voluntad de ofrecer una nueva reflexión sobre ella, no a la manera de las dos suites que realizara el compositor francés sobre su propia obra, sino revisando el material musical original para, mediante transformaciones instrumentales (la partitura necesita sólo de la sección de cuerda y cuatro percusionistas), sutiles cambios armónicos, disposiciones de nuevos ritmos y gran cantidad de ingenio, ofrecer nuevas luces y perspectivas de la famosa obra.
Israel Sánchez López








