
06/07NOV2025|20:00H
FRANCISCO COLL: Hímnica
FRANCIS POULENC: Concierto para dos pianos y orquesta, en Re menor, FP 61
CLAUDE DEBUSSY: Preludio a la siesta de un fauno
CLAUDE DEBUSSY: La mer
Pianos: Lucas y Arthur Jussen
Director: Lucas Macías
Notas al programa
La revolución del sonido.
A la categoría del impresionismo musical se le ha reprochado su vaguedad e imprecisión, el propio Debussy (1862 - 1918) rechazaba obstinadamente esta adscripción, surgida del paralelismo con el movimiento pictórico:
“Intento hacer algo diferente, realidades, por así decirlo: eso que los necios llaman impresionismo, termino usado muy mal por los críticos de arte”.
La invención de una corriente musical impresionista es, sin embargo, y más allá de los reparos de Monsieur Achille Claude funcionalmente perfecta. Tanto por su adscripción a la música surgida en Francia durante la Belle Époque, como por la comparación que establece entre la pincelada -rápida, brillante, luminosa- y el efecto, casi abstracto, del sonido cuando se libera del academicismo tonal. Con el “Preludio a la siesta de un fauno” dio inicio una revolución sonora que todavía persiste. Timbres, texturas, cromatismos, escalas exóticas o primitivas: el impresionismo fue el big bang de un nuevo universo musical que no ha cesado de expandirse desde el misterioso solo de flauta de Pan. En la Suite La Mer, de 1905, Debussy alcanzaría la cumbre de sus inigualables dotes expresivas. Es imposible escucharla sin que golpeen contra el acantilado de la memoria las olas de las marinas de Monet.
Pese a los empeños del grupo de Los Seis -Les Six-, por propugnar un retorno a la sencillez de la música francesa anterior al wagnerismo y al impresionismo, las composiciones del más carismático de sus miembros, Francis Poulenc, evocan siempre -aunque sea por contraste o por un no disimulado fervor por la música popular o el jazz-, los sonidos luminosos del patriarca impresionista-. Los hermanos Jussen, en quienes se ha reencarnado el ardor fan de Liszt en su versión mainstream y milenial, interpretan hoy el Concierto para dos pianos y orquesta, donde se aúna la elegancia, la gracia y la sofisticación, tan francesas, de Poulenc.
Hímnica
Francisco Coll (Valencia, 1985) es uno de nuestros más reconocidos compositores, avalado por varios galardones internacionales, como los BBC Music Magazine y los ICMA Awards. En su escritura persiste la voluntad de crear “realidades” a partir del sonido, como anhelaba Debussy. Hímnica, estrenada en 2021 en Lucerna y compuesta durante la ya casi lejana pandemia del Covid es, en palabras de su autor:
“Un tipo de pasacalle, o chacona, donde el himno central va evolucionando de diferentes formas dentro de un único tempo adagio”.
La crítica ha señalado el carácter poliédrico de la pieza que oscila, de lo grotesco a lo onírico, sobre la línea de base de un vals burlesco y mahleriano, eco sin duda de un tiempo, como el de su composición, surrealista y anómalo.
El doble gamelán
El Concierto para dos pianos y orquesta fue estrenado en La Fenice de Venecia, en 1932, como encargo de la Princesa de Polignac, la gran mecenas de la Belle Époque cuyo salón artístico fue recreado por Marcel Proust. Obra emblemática del repertorio para dos pianos, combinación extremadamente compleja en la que la teatralidad y el virtuosismo constituyen un requisito de partida, la brillante y metálica sonoridad de la pieza parece tener origen en el descubrimiento de Poulenc del gamelán balinés, en la Exposición Colonial de París de 1931.
Consta de tres movimientos:
- I. Allegretto
- II. Andante con moto
- III. Rondeau à la française
En el primer movimiento los tutti orquestales del arranque pugnan con el doble gamelán del piano en un vertiginoso juego de persecuciones que volveremos a escuchar en el movimiento final. Termina, sin embargo, con una evocadora cita de Ravel -impresionismos- que anuncia la belleza lírica y cantabile del segundo movimiento. Constituye este un diáfano homenaje a Mozart y al piano romántico, con ecos de Grieg y de Chopin. En el rondó final se recapitulan ambos espíritus musicales y lo virtuoso y lo elegíaco, acentuado por las cuerdas, se imbrican bajo el timbre indonésico y cristalino.
El gran efectismo de la pieza se vuelve arrebatadora en la rubia interpretación de los hermanos Jussen, pero más allá de los fuegos de artificio, queda la prístina belleza del sonido, como las cúpulas y pabellones de un templo balinés.
La flauta de Pan
El “Preludio a la siesta de un fauno” constituye un hito en la música de Occidente, equiparable -se ha dicho- al wagneriano acorde de Tristán. Tanto en lo musical, por el uso de una nueva y exótica escala cromática desde el inicio del solo de flauta, como en lo expresivo. Hay aquí, igual que en la ópera wagneriana, una inapelable manifestación del deseo, pero liberado de la angustia que conduce a la muerte. Esta es una celebración solar del apetito erótico que obvia toda reminiscencia judeocristiana. Lo que escuchamos -lo que vemos- es la naturaleza en acción, una pintura griega sobre un ánfora. Este clima sensual es lo que interesó a Debussy del poema homónimo de Stéphane Mallarmé, del que solo pretendía hacer, como él mismo dijo, “una ilustración”. En él se narra las correrías de un fauno tras las ninfas mientras toca su siringa hasta que sucumbe al sopor dorado de la siesta. Rescatada casi dos décadas más tarde para los ballets rusos de Diágilev por Nijinsky, quien en su coreografía enfatizaba el carácter lúbrico de la música, su estreno provocó un monumental escándalo público sobre el que aún reposa buena parte del arte escénico del siglo XX.
Olas gigantes que os rompéis bramando.
La Mer -El Mar- fue compuesto por Debussy entre 1903 y 1905 durante una de las etapas más tormentosas de su vida. Al escándalo por su relación con Emma Bardac, madre de uno de sus alumnos y esposa del banquero parisino Sigismond Bardac, siguió la ruptura de su matrimonio y el intento de suicidio de su esposa ““Lilly” (Marie-Rosalie Texier) con quien se había casado en 1899. No hay restos de este naufragio en esta obra portentosa en la que las masas sonoras se mecen como olas y soplan los vientos y chillan las gaviotas.
¡Hombre libre, siempre adorarás el mar!
El mar es tu espejo; contemplas tu alma
En el desarrollo infinito de su oleaje,
escribía Baudelaire casi medio siglo antes.
En esta partitura, que preludia El cementerio marino del poeta Paul Valéry y el épico rugido de los mares de Saint-John Perse, hay tres movimientos, tres juegos de luz, como los que bañan los lienzos de Monet:
- Desde el amanecer hasta el mediodía en el mar - Très lent
- Juegos de olas - Allegro
- Diálogo del viento y el mar - Animé et tumultueux
Pero no necesitan explicación, solo inmersión.
El musicólogo Jonathan Kramer escribe: “En su interés por retratar lo extramusical Debussy era un romántico; en su deseo de ponerse a un lado y permitir que la naturaleza hablara directamente, era un clásico”. Solo la contemplación del mar o la poesía pueden explicar el prodigio de que la orquesta se disuelva en agua y espuma y que las olas lleguen bramando, -como en los versos de Bécquer-, al mismo patio de butacas:
Olas gigantes que os rompéis bramando
en las playas desiertas y remotas,
envuelto entre la sábana de espumas,
¡llevadme con vosotras!
José María Jurado García-Posada