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Sinfónico 09: Rapsodia americana |
Sinfónico 09: Rapsodia americana

26/27MAR2026|20:00H

Teatro de la Maestranza |
20:00 h.
Sinfónico 09: Rapsodia americana | Notas al programa

RAQUEL GARCÍA TOMÁS: Ceci n'est pas une valse
CHARLES IVES: The Unanswered Question
DMITRI SHOSTAKÓVICH: Suite for Variety Stage Orchestra n º 1 En el 50º Aniversario de su muerte
LEONARD BERNSTEIN: Candide, Obertura
GEORGE GERSHWIN: Rhapsody in Blue

Piano: Wayne Marshall
Director: Lucas Macías

Sinfónico 09: Rapsodia americana
Notas al programa

RAQUEL GARCÍA TOMÁS: Ceci n'est pas une valse

Cuando entre 1928 y 1929, el pintor surrealista belga, René Margritte, creó su peculiar serie La traición de las imágenes, que incluye el célebre cuadro «Ceci n’est pas une pipe» («Esto no es una pipa»), se muestra una pipa junto a una frase que niega la existencia misma del objeto representado, mostrando al espectador, la paradoja que existe entre un concepto y el objeto real. Por ello, Margritte explicaba que si hubiese afirmado sobre la imagen «esto es una pipa», estaría mintiendo, ya que la obra es solo un lienzo que representa una pipa, no una pipa real.

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De igual manera, la compositora Raquel García Tomás —galardonada en 2020 con el prestigioso Premio Nacional de Música—, nos hace consciente de esta misma contradicción con Ceci nest pas une valse («Esto no es un vals»), compuesta en 2024 para la Real Filharmonía de Galicia.

Similar al cuadro de René Magritte, la obra explora la contradicción sobre la propia naturaleza del vals, siendo —sin su característico baile— quizás sólo un espejismo del mismo. Para ello, García Tomás se dotará de sus propias herramientas motívicas, pero también aludirá a piezas de Ravel, como Valses nobles et sentimentales y La valse, estableciendo referencias remotas y explorando nuevos espacios sonoros.

La obra se estructura así, en cinco secciones: «Ecstatic» funcionando como un inicio inquietante que consigue germinar, generando la materia armónica del vals; «Misty», que estimula nuestra memoria musical con aquellos valses antiguos que la compositora transforma; «Playful», con patrones rítmicos que diversifican la obra; «Stealthy», la más preciosista y reminiscente de la Belle Époque; y «Aethereal», que utiliza armonías etéreas y sutiles, para desvanecer la obra de forma luminosa y efectista.

CHARLES IVES: The Unanswered Question

A comienzos del siglo XX, mientras las vanguardias europeas luchaban por romper con siglos de tradición musical, Charles Ives, un modesto agente de seguros de Connecticut, llegaba a conclusiones sorprendentemente similares. Nacido en 1874, con una formación musical limitada y en gran parte autodidacta, compuso a los diecisiete años su primera pieza experimental, fuertemente influido por su padre, un músico de bandas militares al que le gustaba experimentar con sonoridades innovadoras.

De hecho, un evento clave para su formación ocurrió cuando su padre congregó a varias bandas locales para que marchasen desde distintos puntos de la ciudad, convergiendo intencionadamente en una misma plaza, donde todas las marchas, sonarían de forma caótica en una suerte de superposición sonora. Este tipo de experiencias, llevaron a Ives a desarrollar una visión musical única para su tiempo, consiguiendo reflejarla en obras tan fascinantes como The Unanswered Question («La pregunta sin respuesta»), escrita en 1908, sobre una única estrofa del poema trascendentalista «The Sphinx», de R.W. Emerson.

Para recrear lo que él denominaba como un «paisaje cósmico», Ives dividió The Unanswered Question en tres capas sonoras: las cuerdas, denominadas «El silencio de los druidas», representando la eternidad con su estatismo inmutable; una trompeta solitaria planteando siete veces «La pregunta de la perenne existencia»; y las maderas, «Los que luchan por responder», que ofrecen seis respuestas con creciente frustración.

Enfocando su música como una especie de collage musical, se anticipó varias décadas a la Europa de su tiempo. De hecho, en 1909, Arnold Schönberg publicaría en Viena sus revolucionarias Tres piezas para piano, Op. 11, mientras que The Unanswered Question, permanecería oculta hasta 1946.

 

DMITRI SHOSTAKÓVICH: Suite for Variety Stage Orchestra nº 1

Suite for Jazz Orchestra nº 2

Lo que históricamente ha sucedido con esta obra, es lo que podría describirse como una hermosa confusión: cuando en 1938, el joven y brillante compositor ruso Dmitri Shostakovich (1906 – 1975), compusiera la que sería su segunda Suite para orquesta de jazz, no se parecería mucho a la que hoy escucharemos y de hecho, se trataba de una obra distinta.

Con un total de tres movimientos, las partituras originales de su segunda Suite para orquesta de jazz, se perdieron durante la Segunda Guerra Mundial, quedando de ella tan sólo su nombre. Sin embargo, en 1956, Levon Atovmyan —colaborador habitual del compositor—, le propuso la creación de una nueva suite que recopilara varias de sus mejores piezas escritas para diversos espectáculos, sumando hasta un total de ocho y usando el nombre de aquella suite perdida para destacar una faceta menos conocida del autor.

De esta forma, la obra suplantó a la original durante décadas, hasta que en 1999, un musicólogo británico llamado Gerard McBurney, hallase por casualidad la partitura original de 1938, suscitando una controversia que pronto se resolvió: La Suite auténtica retomaría su lugar y su nombre original, desplazando a la Suite impostora de 1956 —la que ustedes hoy escucharán—, desde entonces, oficialmente conocida como Suite para orquesta de variedades.

Sin embargo, algo con lo que no contaban los musicólogos es que en esta última, uno de sus valses —el «Vals no.2»—, se volviese mundialmente conocido, enlazándose irremediablemente su existencia a su inexacto título. Por ello, orquestas de todo el mundo, siguen presentándola con su antiguo título; con 8 piezas independientes, principalmente extraídas del ballet satírico La edad de oro (1930), junto con el icónico «Vals no.2», el cual proviene de la película El primer escalón (1955), un auténtico icono del cine soviético para el que Shostakóvich, escribió la música.

 

LEONARD BERNSTEIN: Candide, Obertura

Aunque Leonard Bernstein (1918–1990) goza hoy de amplio reconocimiento, su legado, merece aún mayor valoración. Como histórico director de la Filarmónica de Nueva York y primer músico estadounidense con fama internacional, también transformó la pedagogía musical mediante conciertos para diseñados para jóvenes, como para profesionales y melómanos, siendo uno de los primeros directores en rescatar la música de Gustav Mahler.

Sin embargo, Bernstein fue también un prolífico compositor: creador de obras corales, ballets, sinfonías y musicales como West Side Story (1957) o precisamente, Candide.

Compuesta en 1956, su obertura es una de las mejores muestras de lo que podríamos denominar su estilo «efervescente», conteniendo gran parte de los motivos principales que más tarde compondrán la opereta, como: «The Best of All Possible Worlds», iniciado por una fanfarria de metales que se intercala con la frenética «Battle Music», que a su vez, da paso al lírico «Oh, Happy We», para finalmente, a modo de sección de cierre, utilizar un fragmento de «Glitter and Be Gay», junto con transiciones creadas específicamente para la obertura.

Sin embargo, la exitosa obertura de Candide, pronto se vio obligada a separarse para garantizar su propia supervivencia, siendo su opereta cancelada en Broadway, tan sólo unas pocas semanas después de su estreno.

 

GEORGE GERSHWIN: Rhapsody in Blue

A principios de 1920, Paul Whiteman, un destacado director de bandas de baile en Nueva York, quiso crear una pieza impactante para su concierto «What is American Music?», con el fin de fusionar la clásica con el jazz, para elevar el prestigio de este último sobre los grandes escenarios. Sin embargo, como Whiteman, era violinista clásico, no tenía mucha idea sobre jazz, por lo que decidió encontrar a alguien que sí reuniera las habilidades para desarrollar tal innovación.

 

Fue entonces cuando en un teatro de Nueva York, Whiteman conoció a un joven músico judío de origen ruso que, con veintitrés años, acababa de estrenar una «ópera jazz» titulada Blue Monday, quedando convencido de que era la persona indicada. Aunque aquel joven compositor —llamado George Gershwin— se mostró inseguro a la hora de aceptar el encargo, Whiteman, quien había visto algo genuino en él, lo «empujó» a aceptarlo, anunciando en la prensa neoyorquina el estreno inminente de su obra, aún por escribir. Ante tal presión, Gershwin compuso en tan sólo cinco semanas Rhapsody in Blue (1924), siendo estrenada en el Aeolian Hall de Nueva York y transformando su carrera para siempre.

 

Más tarde, Gershwin reveló que la idea central de la obra le vino durante un viaje en tren entre Nueva York y Boston, donde el llamativo ritmo del tren, así como sus múltiples y dispares paradas, inspiraron en él lo que denominaría como «una especie de caleidoscopio musical de América (…) de nuestra locura metropolitana». Siendo una obra que fusiona armonías jazzísticas con elementos sinfónicos, ragtime y blues, junto a matices judíos y de vodevil, todo ello entretejido sobre una rapsodia, cuyas propiedades estructurales únicas, le brindaron la libertad necesaria para integrar estilos diversos en una obra maestra atemporal.

 

Juan Velázquez